mi abuelo · pequeño homenaje

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El pasado lunes dia 6 de Agosto mi abuelo nos dejó para siempre. Hoy, cinco días después, es su cumpleaños, hubiera cumplido 97 años. Personalmente, pienso que no puedo dejar escapar la ocasión de dejarle mi pequeño homenaje, aquí, para siempre.


Mi abuelo era especial. Lo digo de verdad, era distinto.

Con más de 90 años se puso a escribir sus memorias y lo hacía con su ordenador portátil, porqué tenía uno, el suyo, con el que revisaba las cuentas y escribía cada día lo que le pasaba por la cabeza. Se presentó a más de un concurso literario para la tercera edad, en los que normalmente era el participante más longevo. Ganó en más de una ocasión. Se le daba bien escribir. En realidad, creo que se le daba bien casi todo. Y no porqué fuera un super hombre ni nada de eso. Pero sí era muy curioso y aplicado, siempre con unas ganas enormes de aprender, de lo que fuera... se empleaba a fondo hasta dominar la situación.

Mi abuelo quería ser médico (me atrevería a decir, repasando ahora su vida, que hubiera sido un buen médico, por vocación) pero la situación económica familiar le impidió seguir los estudios, que se le daban muy bien, y pronto se puso a trabajar. Se salvó de ser enviado a la guerra por un año pero hizo el servicio militar durante 3 largos años, en Mallorca. Siempre habló de esta isla con melancolía e ilusionado nos explicaba todo lo que allí vivió junto a sus compañeros. Con algunos entabló una verdadera amistad que se mantuvo hasta su vejez. En el cuartel, él desempeñaba las funciones de secretario (lo dicho, 1.- se le daba bien escribir). Alto, delgado y nada atlético, no me lo imagino empuñando el fusil.

Cuando volvió, entró como mozo en una fábrica de maderas de la que acabó siendo el contable (2.- se le daban bien los números) hasta que se puso manos a la obra con su propio proyecto: empezó a construir radios. En casa de mis padres, en la buhardilla, tenemos una pequeña colección de radios antiguas, algunas de madera, otras de plástico super retros. Una preciosidad. Todas las hizo él. Pero de Estados Unidos llegaron las primeras noticias sobre un aparato que no solo permitía escuchar sino también ver imágenes.

Ahí él vió el filón y se propuso ir a por todas.

Aprendió inglés (3.- se le daban bien los retos) para poder entender las instrucciones que le llegaban desde el otro lado del Atlántico, y utilizó todos sus ahorros para hacer la primera pieza, un televisor en blanco y negro, con carcasa de madera y una pequeña piececita metálica que ponía TELMAK (TEL, de televisor, MAK, de Mach, por como se pronuncia su apellido). Ahí a mi abuela de poco no le coge un patatús pero... confió en él (aisss, que bonito es el amor!!). Al poco, el señor más rico de la calle, con ganas de pavonearse delante de todos, le compró el primer televisor. A partir de ese momento, su trabajo consistió en la fabricación artesanal y posterior mantenimiento de televisores. Incluso mi abuela dedicaba parte de su tiempo a soldar piececitas en un pequeño taller que montaron en casa.

Mis abuelos solo pudieron tener una hija, mi madre. Trabajaron muy duro, él hacía más horas que un reloj para poder dar una vida más o menos acomodada a su pequeña familia. Los fines de semana salían de excursión con la Agrupación Fotográfica de la que mi abuelo era el socio nº 2. Sí, se le daba muy muy bien la fotografía (4.-). Mi madre sale en muchísimas de sus fotos, diapositivas en su mayoría.

Se compró una amplificadora y en la buhardilla se montó un pequeño rincón oscuro para revelar sus propias fotos.

Conservamos miles de sus diapos... y la amplificadora también. Se presentó a muchos concursos de fotografía y gracias a eso tenemos un montón de trofeos y copitas sin más valor que el sentimental y, eso sí, un centenar de esas fotografías ganadoras en papel y ampliadas.

Cuando cumplió los 90 años, recuperamos 50 de esas fotos, las digitalizamos y organizamos una exposición en el Centro Fotográfico de Barcelona. Fue un regalo sorpresa. Se emocionó muchísimo. Y nosotros también. ¡Qué placer verlas todas juntas!

Cuando mi madre decidió montar la mercería, mi abuelo no dudó en apoyarla y se puso manos a la obra. Por aquel entonces, ya solo se dedicaba a la reparación de televisores así que, en sus ratos libres, desarrolló el gusto por hacer de mercero. Atendía con paciencia a las clientes detrás del mostrador.

Vendía de todo menos braguitas, pantys y medias.

Para eso siempre llamaba a mi madre, asegurando que ella sabría adivinar mucho mejor las necesidades de la señora (5.- tenía don de gentes). Siempre fue un vendedor muy humilde, ¡¡quizás por eso nunca se hizo rico!! Cuando alguien pedía un articulo que no tenían, no tenía reparo en recomendar a otras mercerías del barrio. Él siempre se excusaba diciendo que la atención que recibían los clientes en nuestra tiendecita era muy buena y que la gente sabría apreciarlo y volverían. El tiempo le dió la razón, pues mi madre mantuvo la tienda abierta durante 40 largos años.

En la tienda mi abuelo se encargaba básicamente de los números, de repasar los pedidos, controlar el almacén y colocar el material en su sitio. Pero el contacto con este mundo aparentemente tan femenino, no le dejó indiferente y pronto se unió a mi abuela y a mi madre en el arte de las labores (6.- era bueno dejando los prejuicios a un lado). Si mi abuela era una crack con el ganchillo y mi madre con el punto a dos agujas, él se enamoró del Petit Point o tapiz. En la casa donde crecí, con mis padres y mis abuelos, en las paredes lucen pocas fotos y muchos tapices hechos por mi abuelo. Es raro, lo sé, pero así era mi casa. Tenía una paciencia infinita (7.- número uno en paciencia infinita y perseverancia) y realizaba miles de puntadas, una tras otra, hasta crear pequeños (o no tanto) tesoros.

Corría el año 1998, yo tenía 19 años...

y me preguntó si me apetecía tener un tapiz para mi futura casa, para que formara parte de ¡mi ajuar! Madre... ¡que deprisa iba todo!! Dejando de lado que justo empezaba a salir con Raimon (mi marido), le dije que sí, que claro que tenía ganas de tener uno de sus tesoros, y lo elegí. Quizás ahora elegiría otro, de un estilo más moderno, pero en ese momento este me pareció espectacular. En realidad, sus colores me siguen fascinando como el primer día. 

Mi abuelo invirtió 5 veranos en tenerlo listo.

1 verano = vacaciones en el pueblo con los nietos = 2 meses y medio..

Lo terminó justo para la boda, 5 años después. Raimon y yo elegimos un marco sencillo, no queríamos que robara ni una pizca de protagonismo al tapiz.

El tiempo que mi abuelo dedicó a crear pacientemente su tesoro, siempre formará parte de mi recuerdo y multiplica por mil el valor de mi tapiz. En todos estos años, ha vivido varios traslados, ha estado en el salón, en el comedor, ahora luce en el dormitorio y quién sabe donde estará dentro de un tiempo, pero él se viene conmigo allá donde vaya yo. Repasar con los dedos las miles de puntadas y notar esa textura aterciopelada es trasladarse en el tiempo y volver a verlo a él sentado frente al telar durante horas, al lado de la ventana abierta de par en par. Es volver a sentir esa brisa fresquita que entraba por las mañanas y oírlo tararear alguna canción mientras enhebraba la aguja por enésima vez.

 Can Pagà (Montseny), verano del 99. 

Can Pagà (Montseny), verano del 99. 

Es recordar la cenas al fresco saboreando una sencilla tortilla de harina y pan con tomate. Es verlo bajar a la piscina con su gorro y la toalla colgada en el hombro. Es verlo nadar crol siempre con el mismo brazo. Es verlo cortar el césped y regresar con las zapatillas llenas de verdín y oliendo a hierba recién cortada. Es recordar lo pesado y paciente que era cuando teníamos que hacer los cuadernos de verano. Es revivir su cuentos las noches de invierno (8.- era un as inventando historias), cuatro metidos en su cama, y yo, la mayor, echada a los pies, sobre su colcha de terciopelo mostaza, esa misma colcha que ahora, tantísimos años después (tiene más de 40 años), luce en los pies de mi cama.

Me siento muy afortunada por todo el tiempo que la vida nos ha regalado juntos.

Por haber podido generar tantos y buenos recuerdos con él. Bueno, con él y con la abuela, que siempre han ido a la par. El pasado mes de junio celebraron los 66 años de matrimonio, que se dice rápido. Llegar hasta aquí no es cuestión de suerte, que también. Llegar hasta aquí implica querer que funcione. Implica esforzarse por mantener el equilibrio, respetándose y compartiendo siempre. Han sido un ejemplo y les estaré eternamente agradecida por haberme enseñado a crecer y ser mejor persona. Tenerlos en casa ha sido un privilegio del que no todo el mundo puede disfrutar. ¡Qué suerte la mía!


DES DEL CIM

Text de Josep Mach i Argerich (11 d'agost de 1921 - 6 d'agost de 2018). Adaptació de Txell Lagresa

Hi ha un moment a la vida, quan arribes a una edat avançada, que tens la sensació de contemplar tot el que has viscut des del cim d’una muntanya . Al fons de la vall, talment com si una successió de fotografies passés pel teu davant, hi albires amb calma, tots els esdeveniments que han anat marcant la teva existència. Amb el decurs del temps, la muntanya es va fent més alta, la vall més profunda, i tu, com espectador privilegiat, pots percebre totes les vivències que un dia posaren a prova els teus sentiments i l’esperit de superació que et va permetre conduir-les a bon port.

He pujat al cim i he mirat la vall. M’he il·lusionat amb un repàs a una infància que va ser molt feliç. He passat per una adolescència angoixada per una guerra cruel. M’he vist en una joventut animosa malgrat trobar-se en una postguerra difícil. El servei militar m’ha portat a una època en que la companyonia va ser una virtut que compartírem uns quants amics a Mallorca. Un amor de seixanta-sis anys de vides compartides, ha donat pas a la joia per la vinguda dels fills que, anys més tard, s’ha vist augmentada amb el naixement dels néts i besnéts.

Darrerament he pujat molt sovint al cim. Tinc la sensació que cada vegada em serà més difícil pujar-hi. Passen els anys i les forces minven, la distància entre cim i fondalada va en augment i la percepció visual perd nitidesa. Quan vaig començar a pujar sempre em trobava en un espai lluminós, amb una visió perfecte; a vegades, molt poques, la vall em quedava amagada dessota una boira matinal o un núvol baix del captard. Em calia esperar uns moments i el sol desfeia la boira i un ventijol s’emportava la nuvolada. Al pesent, o bé la boira i els núvols són més espessos o potser el sol i el ventijol han anat perdent força, però jo ja no veig la vall com l’havia vist sempre.

Aviat deixaré de pujar a la muntanya. Mentre des de les altures he anat veient la vall, registrava una a una, totes les experiències viscudes. Potser algun dia, amb aquests records transcrits a les mans, assegut en una còmoda butaca, encara m’atreviré a dir: “ He fet el Cim.” 


Gràcies avi, per tant.